5 de Abril de 2010, Zacatecas, Zac.
Al terminar el concierto en la Plaza de Armas caminé de vuelta al hostal, que está detrás de la Catedral, a unos cuantos pasos de la Plaza de Armas. Me confundí entre la típica marabunta que se crea al terminar estos conciertos y que forma una especie de colectividad anónima, en la que no conoces a nadie pero de la que eres parte desde que empezaste a seguir al grupo que fuiste a escuchar.
A la entrada del hostal hay una pequeña biblioteca de la que cada noche tomaba un libro y lo subía a mi cuarto en la azotea, que compartí con hasta tres personas diferentes cada noche. Trataba de llegar temprano para poder elegir una de las literas superiores, aunque eso no solía presentar un gran problema: mis compañeros de cuarto casi siempre llegaban en la madrugada, cuando yo ya estaba dormido. Es increíble la disciplina que me impone el andar de turista, me gusta aprovechar el tiempo al máximo cuando estoy en una ciudad nueva.
Ahí me encontraba esa noche leyendo cuando entró quien sería mi roomie esa noche: una chica de unos 20 años, con todo su increíblemente rojo cabello hecho trencitas y un pronunciado acento que no pude identificar. Me saludó con una sonrisa. Ocupó la litera de enfrente en la parte inferior. Le pregunté si no le molestaba la luz, que podía irme a leer afuera. Me dijo que no, que también quería leer un rato. Traía un morral tejido del cual sacó un libro pequeño.
Pasado un rato rompió el silencio. “¿Tú estabas en el concierto de Yes, verdad?”, me preguntó, “Creo haberte visto.” Su español era mucho más fragmentado que esto, ruego se me perdone la licencia poética.
“Sí, ahí estaba, ¿tú también fuiste?”, pregunté.
“¡Claro!”, contestó con una sonrisa enorme. Hizo el libro a un lado y agarró su morral. “Te mostraré algo”, dijo.
De su morral emergieron tres objetos cuadrados que al principio no identifiqué pero que inmediatamente me alcanzó desde su litera: eran tres acetatos de Yes: Fragile, Close to the Edge y Tales from Topographic Oceans.
“Wow,” le dije, “nada más te falta Relayer y tendrías todos mis álbumes favoritos de Yes en acetato.”
“Tengo Relayer,” me dijo, “pero sólo traje en los que tocó Rick Wakeman. Esos álbumes eran de mi padre. Mira, abre uno.”
Lo hice y fue entonces que realmente me sorprendí: estaban todos autografiados por la banda completa. Los bateristas eran diferentes, claro, Bill Bruford firmaba los dos primeros y Alan While el último. Pero el resto de la banda estaba ahí. Excepto Rick Wakeman.
“Mi padre me los regaló hace dos años y ahí nació mi obsesión por Yes. Me hizo prometerle que conseguiría la firma restante: la de Rick Wakeman. Por eso los traje, pensé que podría encontrar a Rick Wakeman y, como te habrás dado cuenta, quien tocó hoy fue su hijo, no él.”
No supe qué decirle más que lo obvio: “Tu papá lo entenderá”, le dije, admirando el maravilloso arte de Roger Dean en tamaño LP. Siempre me había tenido que contentar con admirarlo en mis diminutos CDs.
“No creo,” me contestó, “murió hace dos semanas.” Sonrió con melancolía y agachó la cabeza.
Le devolví los discos y no supe qué decir.
“Es tarde,” me dijo sin levantar la cara, “hay que dormir, Zacatecas es una ciudad hermosa y quisiera ir a recorrerla mañana, ¿me acompañas?” Volteó a verme con la misma sonrisa con la que me había saludado el entrar al cuarto.
“Sí,” contesté titubeando “también me falta mucho por conocer.”
“Gracias”, dijo, guardando los discos en su morral. Se levantó a apagar la luz y nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente ya no estaba. Su litera estaba ocupada por un japonés enorme. Cuando fui a preguntar por ella me dijeron que se había ido muy temprano.
Espero que ya haya podido encontrar a Rick Wakeman.
(Este texto se publicó originalmente en el diario 10 Minutos, el día 5 de Diciembre de 2012.)